El Devorador de Almas

En la calle silbaba el gélido viento de la sierra dando un aspecto tétrico a aquella noche sin luna. Sin embargo, en el concurrido mesón de aquel pueblo perdido en las montañas, todos se habían quitado cazadoras y abrigos rindiendo honor al calor que emanaba de una gran estufa de leña y, bebiendo de cuando en cuando una gran pinta de cerveza calentada previamente con un hierro al rojo. Los parroquianos y hasta el robusto mesonero, formaban círculo alrededor del "abuelo Tomás", el viejo labrador que en las frías y largas noches invernales contaba historias antiguas y anécdotas chistosas a cambio de unos pocos chatos de vino.


         Nadie sabía a ciencia cierta como había empezado aquella tradición, sólo se sabía que cada vez que el "abuelo Tomás" llegaba al "Mesón del Cordero" y nada más quitarse el deslucido abrigo ya tenía un vaso lleno de líquido carmesí en la mano y alguien le decía: "ánimo abuelo, cuéntenos algo"; dicho esto Tomás se sentaba con cansancio en una silla de madera, que nadie osaba usar, ya que era la preferida del "abuelo", y miraba el vaso de vino recordando viejas historias oídas quién sabe donde, antes de volver a levantar la vista ya tenía la clientela del mesón frente a él con un reverenciable silencio.

         -- Os voy a contar una historia que, aunque parezca un cuento de vieja para asustar niños, es tan verdad como que estoy aquí. -Seguidamente se llevó el vaso a los labios dando tiempo a que sus oyentes se acomodaran en sus asientos-. Alguna vez os habréis preguntado por qué no se ven pájaros ni ningún otro animal en las ruinas del convento de la cañada, por qué los perros gimen y lloran cuando la caza los lleva a las cercanías de aquel lugar, por qué las viejas se persignan cuando oyen hablar de él, y por qué siempre, incluso en verano con un sol radiante, en el convento y sus inmediaciones se respira una atmósfera densa y oscura cargada de miedos y aprensiones. Os habréis preguntado esto y muchas más cosas. Yo os daré la respuesta. -Y diciendo esto calló unos instantes para mirar el rostro expectante de todos los presentes antes de proseguir diciendo- La respuesta es... que el convento de la cañada... ¡Está maldito!

         Un fuerte golpe hizo que todos los presentes volvieran la vista hacia la puerta por la cual acababa de entrar un joven.

         -- ¿Qué patraña les estarás contento que hasta un portazo les asusta?
         -- No es ninguna patraña, es tan cierto como que...
         -- A mi no me vengas con esas, viejo, que te conozco -dijo cortante el recién llegado- tú por unos vinos te inventas cualquier cosa.
         Varios de los presentes, no aguantando más la osadía del joven, intervinieron.
         -- Quieres callarte Manuel; siempre tienes que meter la pata o sino no estás a gusto.
         -- Eso Manuel, si no te gustan las historias del "abuelo Tomás", o te vas, o te callas y nos dejas oír.
         -- De acuerdo -dijo Manuel con una cínica sonrisa en los labios, después de haber conseguido levantar los ánimos tal y como él quería-. Me callo. Continúa viejo, que los tienes impacientes.
         El "abuelo Tomás" apuró el vaso de vino de un sólo trago en un intento de calmarse y poder comenzar su historia. Antes de empezar a hablar ya tenía otro vaso lleno.

         "Fue en una noche como esta, fría y sin luna, cuando el convento quedó maldito.

         Se dice que en la Edad Media un monje del convento llegó a apartarse tanto de la fe, que incluso mantenía tratos con el diablo y que éste le enseñó hechicería y encantamientos de todo tipo, desde como seducir doncellas hasta la transformación del plomo en oro, incluso tenía el poder de esclavizar espíritus y demonios inferiores. Tenía aterrorizados a todos, pero alguien tuvo la suficiente fortaleza de ánimo como para ir a contárselo al conde que administraba estas tierras. Oída la historia, el conde tomó la resolución de acabar con ese nido de engendros diabólicos y, formando a su hueste, se encaminó al convento.

         Nadie sabe lo que allí ocurrió, pero parece que el conde mató al monje renegado con sus propias manos, después de haber pasado por muchas pruebas de valor y de fe. Como el cuerpo del monje fue reducido a cenizas, se pensó que allí acababa el asunto.

         Pasó mucho tiempo, varios años, en los cuales el convento fue ocupado por una orden de monjas y ya todos habían olvidado el incidente, sólo los viejos contaban la historia en las noches invernales, tal y como hago yo ahora, pero con el encuentro casual de un compartimiento secreto en la biblioteca del convento, en el cual se halló un grueso volumen de recias pastas, escrito sin duda por el monje renegado, se volvió a recordar la historia como cierta y no como un cuento de viejas.

         Parece ser que una joven novicia, trasteando en la biblioteca, abrió sin duda por casualidad, una oquedad situada detrás de un estante de libros y allí encontró un libro de amarillentas hojas escrito en latín y en un extraño y arcano lenguaje, con unas tapas de madera negra reforzada con flejes de hierro y bisagras en el lomo; todo el exterior del libro estaba lleno de signos cabalisticos o de Dios sabe qué.

         La doncella llena de curiosidad abrió el libro y leyó al azar algunos párrafos de aquel extraño lenguaje. Inmediatamente después un extraño ser apareció ante ella envuelto en un fétido humo negro. Se trataba de algo con trazas de humano pero de color rojo-oscuro, tan oscuro como la sangre cuagulada; medía casi ocho pies de altura, las manos y los pies eran algo parecido a garras de águila, detrás de él se adivinaba una larga cola y su rostro, casi humano y coronado por dos cortos cuernos, mostraba una lasciva expresión.

         Cuando todo rastro de humo hubo desaparecido la joven pudo observar, con terror, la poderosa anatomía del aparecido; los ojos casi se le salieron de las órbitas al darse cuanta de la erecta desproporción que aquel diabólico ser tenía entre las piernas.

         Cuando las monjas oyeron el horrendo alarido de dolor y corrieron a la biblioteca a socorrer a su pupila, sólo llegaron a tiempo de ver una sombra que se deslizaba por un estrecho ventanuco. Al encontrar a la novicia desnuda, con el hábito destrozado, y ensangrentada con numerosos golpes y arañazos, las monjas pensaron que se trataba de una brutal violación hecha por algún perverso campesino. Esa fue la versión dada a la madre superiora, ya que la joven había quedado totalmente traumatizada y no pudo decir lo que realmente ocurrió aquel desdichado día.

         Pasó el tiempo y la joven curó sus heridas, tanto externas como internas, y un embarazo se notaba ya en su hinchado vientre.

         Llegó el esperado día, fue una fría noche sin luna cuando sobrevivieron los dolores y las monjas socorrieron a su protegida, unas ayudándola en el parto, otras rezando para que todo llegara a feliz término.

         Los gritos de la pobre parturienta se oían en todo el convento, y éstos se convirtieron en alaridos cuando las horrorizadas monjas vieron como unas uñas duras como zarpas rajaban el vientre de la novicia de arriba a abajo desde dentro de aquel torturado cuerpo. Con el último estertor de la joven un diabólico engendro saltó desde su interior al suelo, acorralando seguidamente a las monjas que ocupaban la habitación, las cuales se encontraron frente a un ser vivo retrato de su padre y con una alzada de un niño de tres años. El miedo de las monjas se tornó en histeria al ver que aquella locura púrpura se lanzaba contra una de ellas y la derribaba con su peso y su impulso, después, con estudiada lentitud, gozando con el terror de la monja, aquel ser clavó una uña en el entrecejo femenino y por allí sorbió el alma de la desdichada. Después de esto aquel hijo de la violencia se alimentó con las almas de las monjas acorraladas, y se trasladó a la capilla atraído por los cantos y rezos del resto de la congregación.

         Parece ser que algunas monjas lograron escapar y llegar al pueblo. Enterado el alcalde y el párroco de los sucesos acaecidos, formaron un grupo de valientes y se trasladaron al lugar de los hechos.

         La fe del párroco logró, con la ayuda de Dios, que el recién nacido quedara atado al convento, no pudiendo salir nunca más de él, al mismo tiempo, y no queriendo acercarse y exponerse a perder el alma, los campesinos prendieron fuego al convento. Desde aquella noche si algún desdichado osa acercarse al convento en una noche sin luna aparece al día siguiente muerto, pero su alma, devorada por ese demonio, sigue viviendo en un tormento eterno y sin esperanza de salvación".

         Todos los presentes, al acabar la narración, miraron aprensivos hacia la puerta en dirección al convento, en esto una voz rompió el silencio de la estancia.

         -- Y dices que esta historia es real. ¡Anda! tírate otra abuelo -dijo Manuel levantándose.
         -- Si eres tan valiente y no crees en lo que he contado, ¿por qué no vas esta noche al convento?
         -- Tiene razón Tomás ¿por qué no vas? -dijo el mesonero.
         -- Eso está hecho. Me apuesto con quien quiera una cena para todos a base de cordero a que voy.
         -- Yo cubro la apuesta -afirmó el mesonero-. Así que ya puedes irte. Un momento ¿cómo sabemos que has ido? tu palabra no me sirve.
         -- Yo tengo la solución, toma -dijo el abuelo Tomás dándole una gran navaja a Manuel- esta navaja tiene mis iniciales; si la clavas en los restos de la puerta de la capilla sabremos que has ido. Después todo es fácil, en cuanto amanezca vamos al convento y veremos si has tenido redaños para clavarla.
         -- Vale -dijo Manuel sonriendo cínicamente y guardándose la navaja- ¡oye mesonero! dame una manta, con este frío me puedo congelar, si no me echo algo por encima no podré llegar al convento y ya tendríais disculpa para reíros de mí. ¡Ah! y también una linterna, que lo mismo me pierdo.
         -- De acuerdo -dijo agresivo el mesonero- pero vete pronto y no pidas más, que como sigas así te llevas el mesón entero.

         Poco después Manuel salía embozado a la fría calle, mientras que los de dentro comentaban la historia o hacían apuestas sobre la apuesta de Manuel y el mesonero. El "abuelo Tomás" se permitió hacer una última observación antes de volver a beber: "espero que la leyenda del convento sea sólo eso, una leyenda".

         Manuel luchaba contra el viento frontal mientras se encaminaba al convento, al tiempo que una sonrisa afloraba a sus labios pensando en la credulidad de sus amigos y convecinos.

         ("Será posible; hasta el alcalde y el maestro parecían creer esa historia asusta-bobos").

         Según iba pasando el tiempo, y se acercaba a las inmediaciones de las ruinas, un extraño temor la fue llenando las entrañas ¿y si era verdad la leyenda? ¿y si existía ese extraño ser? ¿y si sorbía el alma de sus víctimas como un vampiro la sangre? No, no podía ser verdad nada de esto, la oscuridad de la noche le hacía pensar cosas raras, pero ¿qué era ese extraño sudor frío que le corría por la espalda? No, no era nada, se estaba poniendo nervioso. Cogió una gran bocanada del frío aire de la sierra con el fin de calmarse un poco los nervios.

         El convento estaba ahí, frente a él, y una extraña aprensión apareció con su vista. Estaba decidido, clavaría la navaja y saldría corriendo hacia el pueblo. Todo estaba en ruinas y el viento penetraba con fuerza por todas las oquedades cuando Manuel entró en el convento. Empezó a buscar la capilla entre las derruidas ruinas.

         -- ¡La capilla, por fin! -no pudo menos que decir con alegría.

         Se detuvo ante los ennegrecidos restos de la puerta y abrió la navaja. El viento parecía más frío y más fuerte en aquel lugar. Clavó la navaja con rapidez y procedió a abandonar el lugar pero un ruido, proveniente de dentro de la capilla, le sorprendió.
         Luchando contra su miedo barrió la estancia con la linterna sin encontrar nada: por un momento le pareció ver brillar un par de ojos de fuego pero desechó las idea al ver la realidad que le mostraba la luz.

         Respirando aliviado procedió a irse y, dando la vuelta, dio un paso dándose cuenta que algo sujetaba un extremo de la manta. Un vivo terror apareció en su rostro y, al volverse con extrema lentitud, y dirigir la luz a la entrada de la capilla, lo que vio le hizo erizar el vello y lanzar un alarido de terror.

         A la mañana siguiente le encontraron muerto ante la entrada de la capilla.

         Por la noche en el "Mesón del Cordero":

         -- Pobre tonto -dijo el mesonero con pesar- con la oscuridad no vio que en el momento de clavar la navaja un golpe de viento lanzaba un extremo de la manta contra el lugar elegido y así quedó clavada la manta a la puerta, después, al irse, se daría cuenta que algo lo sujetaba y el miedo lo haría todo. Me imagino que moriría de terror.
         En ese momento intervino el demudado "abuelo Tomás".
         -- Si, es posible que muriera de terror pero... ¿cómo os explicáis la herida que tenía en el entrecejo?

                                                   ooo000ooo

                                                                               F. Javier Hernández Pérez
                                                                                       Madrid / Enero'1984    

Relato enviado al Concurso Permanente de Cuentos Cortos de Terror organizado por la Revista "Creepy. El Cómic del Terror y lo Fantástico", de Toutain Ediciones, obteniendo el Primer Premio en el Primer Concurso de estas características.

Publicado con anterioridad en:
     *     "Creepy. El Cómic del Terror y lo Fantástico" número 58 (Abril'1984). Con ilustraciones exclusivas de Martí Ripoll basadas en el relato.
     *     "Creepy. El Cómic del Terror y lo Fantástico" número 58 - Edición Especial Limitada para Coleccionistas (Abril'1987). Con ilustraciones exclusivas de Martí Ripoll basadas en el relato.
     *     "Lhork. La Revista del Fantástico" número 2. (Invierno'1992).

El dibujo que ilustra el relato es la ilustración original.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...