Génesis


         Soy.

         Existo.

         La luz de mi consciencia resplandece en la oscuridad de la inmensa nada en la cual floto.

         Mi presencia lo llena todo. Nada más es.

         Estoy sólo y esto no es bueno. He de remediarlo de alguna forma. Pero ¿cual?
* * * * *
         El tiempo no existe donde nada hay, pero en un después descubro que tengo el poder para evitar la soledad. Esta soledad que me oprime.


         Está decidido. Empleo el poder y ordeno: “Hágase la luz”.


         Obedientemente, un doloroso resplandor me inunda, al tiempo que un horrible sonido me aturde: “Le felicito, señora, es un niño precioso”. Y yo, lloro ante mi insignificancia.

                                                                               F. Javier Hernández Pérez


Relato publicado con anterioridad en:
      *    "Carta abierta desde Lhork" número 2 (Primavera'1992).
      *    "Lhork. La Revista del Fantástico" número 14. (Diciembre'1995).



El helecho y el bambú

Hubo una vez un hombre que agobiado por las exigencias de su existencia decidió darse por vencido, renunciando a su trabajo, a su familia… a su vida, y, por ello, se trasladó a un bosque cercano con una recia soga en sus manos, con el pensamiento de perderse en la espesura y allí acabar con su vida.

Bien adentrado en el bosque halló un bello lugar, lleno de luz, con una mezcla vegetal realmente curiosa, pues a pesar de ser un bosque de recios árboles, en aquel lugar había una extraña mezcla de bambúes y helechos. Allí decidió acabar con su vida, pues sus ojos percibirían una bella última imagen.


Cuando el desesperado hombre estaba preparando la soga para ahorcarse, atándola a un tronco tras haberla enlazado por encima de una gruesa rama, un anciano de larga barba blanca surgió de entre la maraña vegetal que tenía ante sí.
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