El helecho y el bambú

Hubo una vez un hombre que agobiado por las exigencias de su existencia decidió darse por vencido, renunciando a su trabajo, a su familia… a su vida, y, por ello, se trasladó a un bosque cercano con una recia soga en sus manos, con el pensamiento de perderse en la espesura y allí acabar con su vida.

Bien adentrado en el bosque halló un bello lugar, lleno de luz, con una mezcla vegetal realmente curiosa, pues a pesar de ser un bosque de recios árboles, en aquel lugar había una extraña mezcla de bambúes y helechos. Allí decidió acabar con su vida, pues sus ojos percibirían una bella última imagen.


Cuando el desesperado hombre estaba preparando la soga para ahorcarse, atándola a un tronco tras haberla enlazado por encima de una gruesa rama, un anciano de larga barba blanca surgió de entre la maraña vegetal que tenía ante sí.

--Hola. ¿Qué haces? –preguntó al sorprendido suicida.

--Acabar con mi vida –le respondió con aprensión.

--¡Ah! Y ¿por qué?

--No intentes detenerme, anciano.

--No pienso hacerlo, solo me gustaría saber por qué.


El desesperado hombre se sentó sobre la gran piedra que había empujado bajo la rama que había pensando usar como cadalso, y sobre la que había pensado ponerse de pie para tensar la cuerda y anudarla en su cuello antes de saltar al vacío, y comenzó a contar al anciano su angustiosa situación.

Tras un buen rato de atormentada explicación, el hombre preguntó: “¿Podría darme una buena razón para no darme por vencido? ¿Para no acabar con todo?”.

El anciano suspiró y, sonriendo, le indicó con su mano: “Mira frente a ti ¿ves los helechos y el bosquecito de bambú?”.

--Sí –respondió el infeliz.

--Hace años esto era un extenso claro en el bosque, con mucha luz pero con escasa vida vegetal, tan solo alguna solitaria mata, era un lugar despejado que necesitaba ser cubierto de belleza, un lugar que parecía estar esperándome para ayudar al bosque a cubrirlo de verde esplendor. Por ello, decidí sembrar helechos y bambúes por todo el claro.

“Una vez sembradas las esporas de helecho y las semillas de bambú las nutrí con agua durante un tiempo hasta que llegó la estación de las lluvias y ya no tuve que hacerlo. Tras ello esperé a que las plantas crecieran, mes a mes, año a año.

“El helecho creció rápidamente. Su verde brillante cubría el suelo, dando alegría a un claro yermo hasta entonces. Pero, aunque nada salió de la semilla de bambú, no renuncié a él, le di tiempo, agua y abono.

“El segundo año el helecho creció aún más brillante y abundante. Pero nada creció de la semilla de bambú. A pesar de ello seguí sin renunciar al bambú, y seguí cuidándole.

“En el tercer año el helecho estaba esplendoroso, pero de la semilla de bambú nada seguía sin brotar. Pero no renuncié al bambú, pacientemente continúe dándole tiempo y cuidados.

“En el cuarto año todo seguía igual: maravilloso helecho, cada vez más abundante, pero ni un solo signo de que la semilla de bambú hubiera fructificado. Pero no renuncié al bambú.

“Por fin, el quinto año pequeños brotes de bambú asomaron en la tierra. En comparación con el frondoso helecho era aparentemente muy pequeño e insignificante.

“Pero el sexto año fue glorioso, los tallos de bambú crecieron más de veinte metros de altura sobresaliendo majestuosamente por entre la maraña de helechos de menos de tres metros. El bambú se había pasado cinco años haciendo crecer sus raíces, profundizando lo suficiente como para que después sostuvieran su enorme peso. Aquellas raíces lo hicieron fuerte y le dieron lo que necesitaba para sobrevivir.

“¿Sabías que todo este tiempo que has estado luchando, realmente lo que has hecho es echar raíces, y hacer que crecieran? -agregó el anciano y continúo…- el bambú tiene un propósito diferente al del helecho, sin embargo, ambos son necesarios para hacer un lugar hermoso de un sitio que en su día era yermo.

“Nunca te arrepientas de un solo día en tu vida; los buenos días te dan felicidad, los malos te dan experiencia, y ambos son esenciales para la vida. La felicidad te mantiene dulce. Los intentos te mantienen fuerte. Las penas te mantienen humano. Las caídas te mantienen humilde. El éxito te mantiene brillante… Si no consigues lo que anhelas a la primera, no desesperes… quizá sólo estés echando raíces”.

Tras estas palabras, de los ojos del hombre desesperado comenzaron a brotar las lágrimas, de su boca… sollozos, de su corazón… agradecimiento, de sus brazos… un estrecho abrazo, que el anciano aceptó de buen grado. Había salvado una vida… una vez más… con el convencimiento de que toda vida es preciosa, dando gracias a los cielos por haber decidido aquel día adentrarse en un bosque que no conocía a coger setas.

Por: F. Javier Hernández.

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